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05/09/09
PÁNICO ESCÉNICO
RULETA URBANA
PÁNICO ESCÉNICO
Ya entrada la tarde nos dirigimos a la torre Latinoamericana. La había conocido años atrás. Se ve gris y sin vida. El edificio construido en los años cincuenta ha recibido reconocimiento internacional al haber sobrevivido a dos de los grandes sismos que han azotado a el Distrito Federal y es considerado una de las construcciones más seguras del centro histórico. Algunos de los pisos no están siendo ocupados y su decoración en ciertos lugares parecen más vieja que antigüa, sin embargo sus 45 pisos no dejan de ser un emblema de la gran metrópoli que es nuestra capital. Luis, Abigail y yo nos dirigimos a uno de los últimos niveles. El piso número 41 es la sede de Miralto. Un restaurante bar moderno y acogedor . Lo grandioso del lugar es la hermosa vista a la interminable ciudad que regalan los cristales que tiene por paredes. Pedí un daiquiri de fresa bajo el consejo de Abigail y me senté con mis buenos amigos a ponernos al tanto de nuestras vidas a casi un año de habernos conocido. Más tarde nos alcanzó Mauricio.
Tras la deliciosa y embriagante bebida sentí la necesidad de visitar el baño. Baje unas escaleras con Abigail para llegar a los inodoros. El baño esta en la esquina derecha del piso 41 del edificio. Las paredes eran de cristal, era como flotar por arriba de la ciudad. Un verdadero aparador, aun el mismo lavamanos era de vidrio convirtiéndose en la pesadilla de cualquier persona que sufra de vértigo o temor a las alturas. Al asomarme al lugar donde estaba el retrete me di cuenta que la pared, aun ahí, era de cristal, estoy acostumbrada a estar frente a publico pero el exponer las nalgas frente a una ciudad de más de 20 millones de habitantes si que era una experiencia nueva.
Voltee a ver a Abigail con cara de: “no, esto no va a suceder”. Abigail rió y me dijo que estando en el piso 41 era muy poco probable que alguien alcanzara a ver algo. Al bajarme los pantalones sufrí por primera vez en mi vida un ataque de pánico escénico al sentarme en el inodoro descubrí que probablemente soy algo exhibicionista, la experiencia era agradable, por lo menos entretenida, el observar el movimiento de la gran urbe mientras yo desechaba el daiquiri de fresa y la cerveza previa.
Mi visita a la capital no solo albergo visitas a bares o exposiciones en baños de cristal. Fui invitada a dirigir una mesa redonda en la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM bajo el tema de “Juventud, Desarrollo y ONGs”. Sí, algunas veces me tengo que portar seria y poner cara de adulta, aun que no me dura mucho. Nos sentaron frente al auditorio en una mesa rectangular, yo al medio para poder coordinar las preguntas. Tras ser presentada procedí a dar una introducción sobre el tema y explicar la dinámica de la mesa redonda que en realidad era cuadrada. Al ver la cara de los defeños que nos veían atentamente bromeé diciendo que mi acento se debía a mi procedencia importada para el evento desde el estado de Chihuahua.
Fue ahí compartiendo la mesa que conocí a Alberto Herrera, un joven de 25 años de edad el cual es director de Amnistía Internacional México. Me encontré con un rostro conocido, Solange Márquez, una chica que ha trabajado desde temprana edad en Pro del medio ambiente y ahora es asesora parlamentaria en el senado. Sonia Mendoza, una joven con un curriculum de alguien de 50 años y Sandra Villaseñor la cual dirige una organización en la UNAM llamada AEISEC que trabaja en liderazgo e intercambios interdisciplinarios.
Nuestro objetivo era alentar e informar a jóvenes a influir en la vida del país por medio de organizaciones civiles o estrategias desde su ámbito de estudio o actividades extra curriculares. Todos los que estábamos en el panel de una u otra forma hemos estado involucrados en movimientos sociales u organizaciones. Todos en la transición de jóvenes adultos tratando de fomentar el desarrollo en las nuevas generaciones.
Solange Márquez.Sonia Mendoza.Laura Muller.Sandra Villaseñor.Alberto Herrera. Mesa redonda UNAM
El evento se desarrolló en el marco de la sextoagesima segunda conferencia de las Naciones Unidas para la Paz y el Desarrollo la cual se celebrará la semana que viene en nuestro país y desde la cual les estaré reportando. Ufff… las 700 palabras que puedo escribir en esta columna nunca me alcanzan pero si te interesa saber más sobre la mesa redonda entra a www.lauramuller.com.mx en la sección Ruleta Urbana. Agrégame a tiwetter : twitter.com/ruletaurbana.
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AQUÍ LOS MESEROS ME CAEN MEJOR
RULETA URBANA
Aquí los meseros me caen mejor.
Adoro la capital. El Distrito Federal. Con sus millares de autos, su tráfico insoportable y su aire irrespirable. Caótico caos que simplemente me maravilla. El caminar por sus calles me llena de mi México, de un México diferente al que habito en mi desierto. Este lugar me llena de historia lejana, de arquitectura que apasiona, de adobe que habla y aceras que envuelven.
Todos me voltean a ver para arriba y me dicen; güerota o güerita. Y lo más maravilloso es que aquí todos me dicen señorita. Al escuchar esa palabra, el smog de la ciudad me parece mucho más respirable que el filtrado aire que corre por mi tierra.
He comenzado a odiar ciertos términos. Palabras que afectan mi estado mental y me animan a untar en ojos y rostro todo el montón de cremas francesas en las que gaste casi la mitad de mi sueldo. Me veo al espejo y no noto cambios, me siento y veo igual que hace 10 años, según yo. Al parecer la imagen que veo no es la misma para quienes coexisten conmigo.
El término señora inunda la boca de quién me echa la mercancía del super en la bolsa, los meseros del restaurante, quien marca a la casa vendiendo algo. Mayoritariamente cualquier persona con la que establezco contacto y no me conoce me dice “señora”. Supongo que al estar a medio año de los treinta esta situación me debería de comenzar a parecer normal. En mi pueblo la mayor parte de las mujeres “normales” de mi edad ya son señoras.
Lo que desató mi crisis anti “señora” fue el compartir una cena con Alejandro. Sentados en la terraza de un restaurante nos disponíamos a ordenar cuando un joven mesero llego a tomar la orden. Alejandro, cual dama anticuada, tiene la manía de esconder su edad, pero haciendo cálculos y urgando un poco he descubierto que me lleva tres años. Lo cual al mesero no le pareció evidente pues preguntó: ¿qué le traigo señora? ¿y a usted joven?. Alejandro no pudo contener la risa y yo no pude evitar asesinar con una mirada fulminante al mesero.
Realmente no entendí, ¿será que el mesero creyó que era tía de Alejandro? ¿su madre? ¿tutora?. ¿Yo señora y el joven? ahí si que me fregaron. Y no tengo palabras para describirles la sonrisa en el rostro de Alejandro, tuvo que esconder los dientes tras el menú mientras yo pedía otra copa de vino…
Al conversar con Dalia al respecto, rió y me dijo que sus hijas de 6 y 4 años le dicen señora hasta las chicas de 18 años. Yo en este momento de mi existencia no soy señora y definitivamente no tengo interés en ser señorita. Pero el que me digan señora me hace sentirme, no sé ¿ruca? Aunque hay señoras de veinte años o aún menores. Señora, implica un paso marcado por nuestra cultura y civilidad el cual la sociedad me reclama cual reloj al segundero.
Puedo escuchar una marimba tocando justo a las afueras de la casa de mi buena amiga defeña Abigail mientras escribo esto. “La barca en que me iré lleva una cruz de olvido…” es lo que mis oídos escuchan en este momento poniendo una pausa a mi crisis señorial. Supongo que es señal divina…olvidaré y disfrutaré que aquí aún me dicen señorita. Mmm. ¿No podremos inventar un término para las mujeres no estereotipadas de mi generación? ¿O usar más seguido el seño? Jajajaja que botana ahora la marimba está tocando el corrido de Chihuahua, vaya coincidencias, a donde vaya mi tierra me sigue y reclama mis palabras, le gusta recordarme de dónde soy y que lo que soy, es por ella. Ni hablar, señora Chihuahuense. “Mujer que sabe latín ni tiene marido ni tiene buen fin.” En homenaje a Rosario Castellanos.
LA ESPERA
RULETA URBANA
La espera
La espera…
Existen cosas más aburridas que un semáforo en rojo. Como aquella lección en la maestría para cubrir casos en la corte. Tan aburrido como esa espantosa película Africana que duraba cerca de tres horas en el mismo desolado paisaje la cual Cecilia se aferró a ver durante una exhibición de cine de arte. Extenuantemente aburrido como permanecer 7 horas sentado en el aeropuerto esperando el próximo vuelo.
Al parecer el grado de aburrimiento depende de la cantidad de tiempo de espera. Estoy en una sala donde hay demasiadas personas y pocas ventanas. Donde ante mi falta de quehacer he contado los cuadros del piso y descubierto manchas no muy higiénicas. Donde los rostros que están a mi lado me comienzan a ser familiares. Aquí todos estamos esperando. Algunos esperan que den de alta a algún paciente. Otros esperan una cita con el médico. Otros tanto a que les saquen sangre o alguna radiografía. La palabra clave de un hospital no debería ser doctor, salud o enfermera. La palabra clave que define a un centro médico es espera.
Esperar ser atendido, esperar sanar, esperar que la esperanza no desespere, esperar que el tiempo pase rápido para no sentir dolor, esperar la venida de un bebé, esperar la muerte merecida de un familiar con cáncer, esperar que el tiempo pase y el universo dicte veredicto a quiénes estamos en juicio pagando sentencia anticipada en tiempo de espera.
A mí no me gusta esperar. Bueno creo que durante la preparatoria gustaba de esperar. Esperar que los resultados de los exámenes de matemáticas, física y química no llegaran nunca, aunque creo que eso era más bien soñar. Cuando preveo que tendré que pasar tiempos de espera cargo con algún libro. Creo que más por ejemplo que por gusto. Como ya se terminaron las hojas que a mis ojos les faltaba recorrer ahora el tiempo de espera me obliga a envolverme en una serie de recuerdos que mantengan mi cerebro un poco ocupado en lo que termina esta espera que lleva cerca de dos horas.
Ahora me pongo a pensar que es lo más difícil de esperar. A mi ver la parte más difícil de esperar es aquella que te medican cuando te dicen que el tiempo lo sana y borra todo. El tiempo hace olvidar, pero para eso hace falta esperar. Esperar a que las hojas del calendario pasen para que las heridas que no requieren de intervención quirúrgica, medicinas o doctor puedan sanar.
En este lugar de paredes de azulejo verde el tiempo pasa lento, ya van tres horas y media y mi espera continúa. Esperando lo inesperado, esperando algo desconocido. Esperando algo que tengo demasiados esperando.
La espera, la espera, la espera. En filas, en sillas, en el celular, en la oficina. La espera que a veces viene acompañada de veredictos conocidos, algunas veces de sorpresas inimaginables, unas más de dolor y otras de alegría. ¿Qué sería de nosotros sin la espera? Sin esperar esa llamada Si esperar que alguien te busque. Si esperar que el arroz se acabe de hacer y los frijoles de cocer. Que sería si todo fuera al momento. Presto, pronto, ipso-facto. Si el tiempo de espera no existiera… Las cosas serían rápido. Los tramites menos frustrantes. El tiempo más accesible. Y la vida menos complicada.
Pero también sin espera no habría tiempo de analizar, de pensar, de disfrutar y conocer. Tiempo para poner las ideas en orden. Soñar babosadas probablemente no tan babosas. Es más, la palabra esperanza no existiría pues a ella le da vida la espera. Annia dice que la espera es la antesala de todo lo mágico que tiene la vida, pero que a veces no hay que esperar mucho, hay que lanzarse a explorar. Pero cuando el explorar no depende de ti si no de quién esperas pues en esa antesala hay que esperar.
Creo que ahora que lo pienso bien, Annia tiene algo de razón, sin espera tampoco existiría la sorpresa, la vida perdería algo de sentido. Si no hubiera que esperar todo sucedería tan rápido que no habría tiempo de disfrutar. Porque hay veces que la espera causa emoción y da tiempo de preparar. Creo que esperar al final de cuentas no es tan malo. Es el tiempo que requiere el proceso. Y como sigo esperando y no he llegado al final de mi espera dejare de intrigarme por ella y me internare en lo complejo de lo desconocido… por qué cuándo te canalizan en el profundo sueño de la anestesia ahí sí que quién sabe a dónde vas. Sin embargo una vez más consciente o inconsciente el proceso es esperar. El que espera desespera y cuatro horas después yo ya me desespere.
*-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
*Extracto de “El principito”, capítulo 21 “El zorro” Antoine de Saint-Exupéry
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